No, no estoy loca. Solo soy madre de diez

No, no estoy loca. Solo soy madre de diez

Me llamo Maite y tengo diez hijos. ¡Diez! La mayor ya tiene 18 y la pequeña va a cumplir cinco en nada. Trabajo en el departamento financiero de una empresa, a jornada completa. Y sí, seguramente al leer esto, más de una habrá arqueado una ceja, habrá esbozado una sonrisa incrédula o habrá pensado: «¿Pero esta mujer está bien de la cabeza?». A veces, incluso en el supermercado noto esas miradas, ¿sabes? Como si mi carrito desbordante fuera una prueba irrefutable de mi falta de juicio.

Pues mira, ¡que sí! Que estoy bien, oye. Y muy bien, diría yo. Y precisamente por eso me he animado a escribirte esto. Porque mi bienestar no es una excepción extraña, sino una realidad construida con mucho cariño y esfuerzo.

No quiero convencer a nadie de nada, ¿eh? No creo que la maternidad sea el único camino ni que todo el mundo deba soñar con una familia numerosa. Cada cual tiene su propia senda vital. Pero sí que me gustaría romper un poco ese tabú cada vez más presente: el de mirar raro a las mujeres que decidimos tener muchos hijos. Como si hiciéramos algo casi irresponsable, una especie de anacronismo vital. Como si fuéramos de otra época, desubicadas en este siglo de individualismo y carreras profesionales frenéticas.

Se piensa, erróneamente, que una familia numerosa es un caos asegurado, una sinfonía constante de gritos y llantos donde no hay tiempo para una misma, donde la madre se diluye hasta desaparecer, olvidándose por completo de sí misma. Que no puedes trabajar, que eso de conciliar es una quimera inalcanzable. Que no duermes más de dos horas seguidas. Que tu carrera profesional se va al traste irremediablemente. Que es carísimo, una sangría económica continua. Que, en definitiva, es una locura mayúscula, algo que no encaja con la sociedad actual.

Y, sin embargo, yo lo vivo como una aventura fascinante, un viaje lleno de sorpresas y aprendizajes constantes. Cansada, sí, no te voy a engañar. Hay días que siento que las horas no dan de sí y que necesitaría una semana de sueño ininterrumpido. Pero también feliz, profundamente feliz. Llenísima de vida, de esas pequeñas cosas que te regalan una sonrisa inesperada. Llenísima de amor, de ese amor incondicional que se multiplica con cada nuevo miembro de la familia.

No te voy a mentir: hay días en los que no llego a todo, en los que la lavadora echa humo, en los que uno llora, otro canta y otro busca desesperadamente unos calcetines desaparecidos. Pero también hay risas contagiosas, abrazos de todos los tamaños, manos pequeñas que se agarran fuerte a la tuya. Una casa que a veces parece una estación de tren en hora punta, sí, con su propio ritmo frenético, pero donde siempre hay alguien dispuesto a escucharte, a compartir una confidencia, a reír juntos de una ocurrencia o a ofrecer un hombro en el que llorar si es necesario.

Cada hijo ha traído un mundo distinto, y ese mundo nos ha cambiado. Hemos aprendido a organizarnos (bueno, más o menos), a priorizar lo importante, a pedir ayuda. En casa remamos todos. Los mayores cuidan de los pequeños, cada uno aporta lo que puede. No somos perfectos, pero somos equipo.

Y sí, trabajo fuera de casa. No solo porque la economía familiar lo requiere, sino porque me gusta mi trabajo, me motiva y me hace sentir viva, conectada con el mundo exterior. Conciliar la vida laboral con una familia numerosa no es fácil; es un equilibrio constante y a veces precario, lo sabemos todas las mujeres que intentamos hacerlo. Pero cuando una de verdad quiere algo, cuando hay un apoyo familiar sólido y una red que te sostiene, se pueden encontrar caminos, aunque a veces parezcan senderos estrechos y empinados.

Echo en falta más apoyo desde las instituciones. El Estado apenas reconoce lo que las familias numerosas aportamos: personas que un día sostendrán esta sociedad. Y sí, eso cuesta. Y lo hacemos con alegría, pero también con muchísimo esfuerzo. A veces sentimos que vamos a contracorriente, como si estuviéramos pidiendo favores, cuando en realidad pedimos algo tan básico como justicia.

Y lo que más me duele es ver a tantas mujeres con ese deseo profundo de maternidad… que lo silencian. Que lo aplazan. Que lo esconden por miedo. Miedo a no encajar, a quedarse atrás, a “salirse del molde”. Porque ya no se lleva. Porque parece que no se puede tener éxito profesional y muchos hijos. Porque no hay apenas referentes visibles y positivos que muestren que se puede tener éxito profesional y una familia grande y feliz.

Y por eso escribo, desde la sinceridad de mi experiencia. No para decirte lo que tienes que hacer con tu vida. Sino para decirte que, si lo sientes, si sueñas con una familia grande… que se puede. Que no estás sola. Que no es una locura. Es exigente, sí. Pero también profundamente humana, rica, viva. Que la maternidad no te borra. Te transforma.

Así que si alguna vez te lo has planteado y enseguida lo has descartado porque “eso ya no se hace”… quiero decirte: atrévete. No dejes que el miedo o las miradas ajenas decidan por ti. Porque el futuro también necesita madres valientes.

Maite Martínez.
Madre de 10 hijos y socia de Hirukide