A veces, cuando algunos padres me oyen hablar en una charla de la importancia de la salud psicológica en los niños, advierto en sus caras un cierto reflejo de incredulidad durante los primeros segundos de mi discurso. Los conceptos como salud psicológica, problemas de adaptación o el estrés infantil les suenan lejanos, como que no va con ellos. Sin embargo, poco tardan en reaccionar esos mismos padres cuando hablamos más concretamente de casos que me he ido encontrando en mi consulta, como dolores de estómago y vómitos matutinos, problemas de sueño y pesadillas habituales, ataques de ansiedad antes o durante un examen, actitudes de rebeldía inesperadas en niños habitualmente obedientes…
 
¿Son típicas conductas infantiles? ¿Están fingiendo? ¿Nos están manipulando? ¿Debemos preocuparnos? Al fin y al cabo, nadie nos ha entrenado para ello sino que vamos aprendiendo sobre la marcha y, por otro lado, bastante tenemos con mantener el funcionamiento de toda la familia. Para tranquilidad de los padres más “agobiados” por estos temas y para estímulo de aquellos que no se creen aquello que no pueden ver, os aclaro que existe una explicación para muchas de esas conductas aparentemente ilógicas que pueden (o no) sufrir nuestros hijos. El responsable de las conductas de estrés, ansiedad o inestabilidad emocional funciona de forma parecida tanto en adultos como en niños. Todas aquellas reacciones emocionales que exceden la capacidad de nuestros hijos (una exigencia externa muy fuerte, un nivel de autocrítica personal desmesurado, el cansancio físico), si se mantienen durante períodos muy largos, pueden llegar al agotamiento del cuerpo e incluso a la enfermedad.
 
“Todas aquellas reacciones emocionales que exceden la capacidad de
nuestros hijos si se mantienen durante períodos muy largos, pueden
llegar al agotamiento del cuerpo e incluso a la enfermedad”
 
 
Es el llamado Síndrome General de Adaptación, de Hans Selye. Son numerosos los casos de niños y adolescentes que sufren estos problemas y que, sin llegar a suponer una enfermedad grave en la mayoría de los casos,  afecta a su rendimiento académico, a su bienestar personal y a su nivel de socialización, entre otros. Y no es solo la experiencia profesional de psicólogos como yo la que avala estos casos. La Encuesta de Salud de 2013 elaborada por el Gobierno Vasco, cifra en torno al 13% el porcentaje de jóvenes entre 15 y 24 años de Euskadi que sufren síntomas de ansiedad y depresión. Sin llegar a alarmarnos, tenemos que pensar que eso supone que, de cada diez niños, uno al menos sufrirá alteraciones emocionales relativamente importantes. El aspecto positivo es que estos problemas, cogidos a tiempo, se pueden evitar en parte o incluso solucionar pese a que se hayan instaurado de forma crónica.
 
En cuanto a la prevención de los problemas de estrés, hay que tener claro unos principios básicos. Por un lado, es necesario que los niños y adolescentes, dentro de su horario habitual, tengan claramente fijado un tiempo para el descanso. No son extrañas las noticias que nos hablan de que la población adulta cada vez duerme menos horas y de peor calidad. En el caso de los niños, esta es una norma fundamental. Parece tan de sentido común que suena casi ridículo que lo tenga que decir un psicólogo, pero me he encontrado varios casos clínicos en los que los niños sufren agotamiento psicológico, irritabilidad exagerada, falta de concentración, por aquello de que los padres les dejan quedarse un rato hasta que acabe un programa de televisión, acortando de forma importante el período de descanso nocturno.
 
“Es necesario reservar tiempo para la vida de casa,
para aprender a disfrutar de la convivencia con los
hermanos y los padres, tiempo para sus tareas domésticas”
 
Programas que, por cierto, probablemente no sean aptos para su edad. Además del tiempo de descanso, el tiempo de ocio debe ir organizado y limitado para que no se convierta en una causa de agotamiento. Es importante no sobrecargar con actividades extraescolares al niño pues aunque éste lo acepte de buena gana (porque le resulta divertido), puede consumir sus reservas energéticas e impedirle centrarse en tareas importantes como el estudio o el juego natural, ese juego que surge de cada niño y no es competitivo ni excesivamente exigente. Por último, es necesario reservar tiempo para la vida de casa, para aprender a disfrutar de la convivencia con los hermanos y los padres, tiempo para sus tareas domésticas (sí, digo bien: tareas domésticas para niños). Como padres, es iluso pensar que un niño que vuelve agotado de su trajín diario vaya a ser obediente y responsable en la vida de hogar cuando quizás nosotros, adultos y con un mayor nivel de conciencia, tampoco lo somos. Por tanto, para la prevención de su salud psicológica, es necesario saber valorar lo importante de la vida de los hijos y protegerlo, enseñándoles a protegerlo reservando tiempo y energías.
 
La calidad del ambiente familiar es un factor fundamental en el grado de salud de todos los individuos que forman la familia, incluido el niño. Quizá los padres no valoramos suficientemente este aspecto porque en el día a día aparecen muchos problemas que solucionar, muchas decisiones que tomar y muchos esfuerzos que afrontar, pero la calidad de la relación de los padres es percibida claramente por los menores, por pequeños que sean: el grado de comunicación o incomunicación, el estrés de cada uno, las buenas relaciones de pareja, la estabilidad matrimonial,… Todos ellos son factores que contribuyen a crear una sensación de ambiente seguro y a afrontar con más calma los problemas personales del niño. En este sentido, los procesos de separación, divorcio o la aparición de nuevas parejas de los padres/madres son vivencias altamente estresantes para los niños en muchos casos.
 
“La calidad del ambiente familiar es un factor
fundamentalen el grado de salud de todos los
individuos que forman la familia, incluido el niño”
 
Hemos nombrado anteriormente que otra causa de la pérdida de salud psicológica puede ser los niveles de exigencia externos o incluso los niveles de autocrítica del propio niño. Este punto es más complicado, pues debemos conocer el nivel de rendimiento en general y de la capacidad de soportar el estrés de nuestros hijos para saber qué grado de autoridad exterior debemos aplicar. En general, se puede decir que aquellos niños tímidos, que tienden a querer agradar, poco asertivos y que poseen altos niveles de autocrítica son especialmente susceptibles de sufrir los problemas de estrés y ansiedad. Al contrario que con el resto, hay que tener un cuidado especial a la hora de ejercer la autoridad, pues podemos llegar a generarles tal nivel de presión que, en vez de impulsarlos, produzcamos bloqueos de conducta, como un miedo exacerbado a los exámenes o a las notas (aún cuando éstas sean buenas), o una falta de relajación por sentir que pierden el tiempo si no están estudiando.
 
“Existe actualmente una tendencia a etiquetar o
clasificar los comportamientos de los hijos desde
un punto de vista psicológico o psiquiátrico”
 
Me dejo para el final un mensaje práctico y positivo sobre cómo valorar la salud individual de nuestros hijos. Existe actualmente una tendencia a etiquetar o clasificar los comportamientos de los hijos desde un punto de vista psicológico o psiquiátrico. Me pasa en consulta de forma más habitual de lo que quisiera, que los padres ya vienen con el estribillo de que creen que su niño es hiperactivo,  o un niño superdotado o bipolar… Y muchas veces, este diagnóstico no lo ha hecho el especialista, sino que los propios padres lo asumen basándose en comentarios de familiares, amigos o hasta en foros de internet. Los psicólogos que además de ejercer la psicología clínica nos dedicamos a la investigación, tenemos actualmente un debate abierto sobre el problema de usar estos estándares de salud a la hora de clasificar personas. Y es que muchas veces la etiqueta, el diagnóstico, la palabra empleada para definir un problema, defiende más al sistema clasificatorio (el DSM V, que es la referencia mundial de salud psicológica) que al individuo. Por eso, mi consejo más importante como especialista en salud psicológica para que podáis juzgar la calidad de vida de vuestro hijo es que observéis sus síntomas concretos: si duerme bien o mal, si muestra apetito o incluso si siente ganas por jugar y divertirse. Estos datos son mucho más útiles que cualquier denominación empleada por los mejores manuales psicológicos, para señalar, entender y buscar soluciones a los problemas de estrés, ansiedad o ánimo que vayan surgiendo. Algunos de estos problemas remitirán con paciencia y cariño por parte de la familia, otros se solucionarán con la ayuda del psicólogo, pero, en cualquier caso, todos ellos deben llevarnos a conocer, entender y respetar la individualidad psicológica de nuestros hijos.
 
Luis Ángel Díaz Robredo

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